domingo, 20 de abril de 2014

Una supernova arrolladora

La comparación de imágenes en diferentes longitudes de onda revela que el remanente de una explosión de supernova conocido como G392 ha arrasado su entorno en la Vía Láctea. Durante su expansión, esta inmensa capa gaseosa ya ha barrido una masa equivalente a la de 45 soles.

Remanentes de supernovas

La zona de G352 en el óptico DSS
Cuando una estrella masiva (con una masa mayor que unas ocho veces la del Sol) llega al final de su vida, agotando el combustible nuclear de su interior, produce una colosal explosión que se conoce con el nombre de supernova. En la explosión se eyectan al espacio las capas exteriores de la estrella y se forma una brillante nebulosa expansiva.

En nuestra galaxia, la Vía Láctea, estallan típicamente dos supernovas por siglo, por lo que tales nebulosas, los remanentes de supernova, son relativamente abundantes: se conocen unos 280 de ellos. Estos remanentes emiten en un amplio rango del espectro electromagnético: desde ondas de radio de energía baja hasta los rayos X y gamma de altísima energía.

La nebulosa conocida como G352.7-0.1 (G352 para abreviar), que se encuentra en la constelación de Escorpio a unos 24.000 años luz de distancia, fue identificada como remanente de supernova en los años 1970. Tiene un tamaño de uno 54 x 40 años luz, lo que hace posible el estudio de su estructura con buen detalle.

Multi longitud de onda

Un equipo de astrónomos estadounidenses liderado por Thomas Pannuti (Univ. Estatal de Morehead, Kentucky) ha llevado a cabo un estudio exhaustivo de este remanente comparando imágenes (tanto nuevas como de archivo) obtenidas en los dominios radio, infrarrojo, óptico y X. La imagen que encabeza este artículo es una combinación de todas estas observaciones.

El remanente G352 en ondas de radio. NRAO/JVLA
En blanco y negro se representa la luz óptica, en la que tan solo se ven estrellas de campo y nada de la nebulosa. La capa en expansión de la nebulosa es, en cambio, muy brillante en las ondas de radio captadas por el radiotelescopio Jansky VLA en Nuevo México (cuya emisión está representada en color rosa) y también está detectada en el infrarrojo medio gracias a las observaciones realizadas a 24 micras de longitud de onda por el telescopio espacial Spitzer (representadas en color naranja).

El remanente G352 en el infrarrojo NASA/JPL/Spitzer
Las observaciones de rayos X del remanente (representados en color azul) se realizaron con dos telescopios espaciales: el XMM-Newton de ESA y el Chandra de NASA. Vemos como, en rayos X, aparece sobre todo el interior del remanente. Para un resto de supernova como G352, que es observado hoy en un momento en el que han transcurrido 2.200 años tras la explosión, resulta sorprendente observar tanta emisión X desde la región interior, emisión que se origina en el material directamente eyectado por la estrella. Este material tiene una masa que es 2,6 veces la masa del Sol y se encuentra a una temperatura de unos 30 millones de grados.

Explosión arrasadora

Combinando la información proporcionada por las observaciones en radio y en rayos X es posible determinar las características de la capa expansiva. Resulta que esta descomunal burbuja gaseosa se expande a una velocidad de unos 30 millones de kilómetros por hora. Es pues altamente supersónica y va arrollando todo el material interestelar que encuentra a su paso, comprimiéndolo y calentándolo. Se estima que esta onda expansiva ya ha barrido una masa de gas interestelar que supera a 45 veces la masa del Sol calentándolo a unos 2 millones de grados.

El remanente G352 en rayos X NASA/CXC/Morehead Univ.
El equipo de Pannuti también buscó a fondo el residuo estelar que debió quedar tras la explosión en la zona central del remanente. Podría tratarse de una estrella de neutrones visible como una fuente puntual de rayos X. Sin embargo, aunque los astrónomos detectaron seis fuentes puntuales de este estilo, ninguna de ellas tiene las características que se esperan para el residuo de la estrella que produjo la explosión y que queda por tanto sin identificar. Quizás la supernova la produjo un estrella muy masiva que está acabando sus días en la forma de un agujero negro, prácticamente indetectable para los astrónomos.

La gran cantidad de masa arrastrada por este remanente de supernova parece indicar que la explosión se produjo en el seno, o en las cercanías, de una nube interestelar densa. En su propagación y hasta su dilución, que tendrá lugar a lo largo de unos millones de años, la capa expansiva va enriqueciendo esta nube con los elementos pesados que se produjeron en el interior de aquella estrella que explotó. Algunas zonas de esta nube, al ser comprimidas por la onda de choque, pueden dar lugar al nacimiento de nuevas estrellas que, al contener un incremento en elementos pesados, pueden ir acompañadas por planetas rocosos. Cada explosión de supernova tiene por tanto el potencial de crear nuevos planetas y nuevas estrellas. Las más masivas de estas estrellas nuevas también acabarán sus vidas en explosiones de supernovas alimentando así el gran ciclo cósmico de la evolución estelar.

También interesante

El calificativo 'nova' viene utilizándose desde la antigüedad para designar la aparición inesperada de estrellas 'nuevas' que se hacían visibles cuando su brillo aumentaba enormemente tras una explosión. El término 'supernova' empezó a utilizarse para designar las explosiones excepcionalmente brillantes.
El remanente de supernova más famoso, la Nebulosa del Cangrejo, corresponde a una explosión de supernova que fue observada en el año 1054 por astrónomos chinos.
El artículo de Pannuti y colaboradores, titulado 'XMM-Newton and Chandra Observations of the Ejecta-Dominated Mixed-Morphology Galactic Supernova Remnant G352.7-0.1' ha sido publicado en un número reciente de la revista The Astrophysical Journal. El manuscrito puede ser consultado aquí
Rafael Bachiller es director del Observatorio Astronómico Nacional (Instituto Geográfico Nacional) y académico de la Real Academia de Doctores de España.

El satelite europeo 'Sentinel' envia sus primeras imagenes

La Agencia Espacial Europea (ESA) difundió este miércoles las primeras imágenes proporcionadas por el satélite Sentinel-1, el primero de la flota de "centinelas" del sistema Copérnico para vigilar el medioambiente y observar los cambios en la superficie terrestre.

Se trata de una primera muestra con fotografías radar de Bélgica, Namibia y la Antártida que suponen un "adelanto de lo que está por llegar" a través de ese complejo satélite, puesto en órbita el pasado 3 de abril desde el Centro Espacial Europeo de Kurú, en la Guayana francesa.

"Ofrecen una tentadora ojeada al tipo de imágenes operacionales que esta nueva misión aportará al ambicioso programa europeo Copérnico de vigilancia medioambiental", indicó la ESA en un comunicado.

Una de esas imágenes muestra un área de Namibia inundada por el río Zambezi, un tipo de vigilancia que se convertirá en rutinaria una vez que el Sentinel-1 esté completamente operativo.

La proteina que hace fertil al semen encuentra a su diosa

En la ciencia básica también puede haber poesía. Si no, no se explicaría que un equipo de investigadores del Wellcome Trust Sanger Institute (Reino Unido) haya bautizado como Juno, en honor a la diosa romana de la fertilidad y el matrimonio, a un receptor presente en la membrana de los ovocitos de ratas hembras y que, según todos los indicios, también está en su equivalente humano.

No se trata de un receptor cualquiera. Este receptor de folato, cuyo nombre científico es Folr4, es el compañero perfecto de una proteína del semen esencial para la fertilidad, a la que sus descubridores dotaron también de un romántico nombre, Izumo 1 (un santuario japonés donde se contrae matrimonio). Y Juno, o el complemento perfecto de esta proteína de la fertilidad, llevaba nueve años eludiendo la mirilla del microscopio científico. Casi una década en la que investigadores de todo el mundo buscaban la clave de que esa proteína del semen tuviera tanto que decir en la reproducción.

Así, no es extraño que Paul Wassarman, profesor del Departamento de Biología del Desarrollo y Regenerativa del Mount Sinai Hospital (Nueva York), haya titulado 'La proteína del esperma encuentra su pareja' al editorial que acompaña la publicación del estudio donde se describe a Juno, aparecido en la última edición de la revista Nature.

Juno es una proteína, pero es la única a la que se adhiere Izuro1. El papel esencial de Izuro1 en la fertilización (el proceso por el que un espermatozoide y un ovocito se combinan para formar un cigoto que se convertirá en un ser vivo) se conocía desde 2005. Se sabía que aquellos ratones a los que les faltaba la proteína, a pesar de presentar un esperma de aspecto normal, eran incapaces de concebir. Se conocía también que Izumo1 era parte de una familia múltiple de proteínas cuyos miembros forman largos complejos dentro del esperma que podrían ser esenciales para la fusión entre ovocito y espermatozoide. Pero faltaba esa clave, ese receptor que era difícil de encontrar por estar situadas ambas proteínas en la membrana celular y por "las dificultades inherentes de trabajar con solo un pequeño número de ovocitos de mamífero", según escribe Wassarman.

Para hallarlo, los investigadores dirigidos por Gavin Wright utilizaron un complejo método desarrollado anteriormente en su laboratorio para detectar interacciones débiles entre proteínas adheridas a la membrana celular. Así, no solo descubrieron a Juno, sino que vieron que este receptor estaba presente en los ovocitos de ratones, comadrejas, cerdos y humanos.

Por esta razón, Wright afirma a EL MUNDO: "Consideramos que hay muchas posibilidades de que Juno funcione de la misma forma en humanos. En nuestro estudio demostramos (usando proteínas artificiales) que las Juno e Izumo1 pueden interactuar, por lo que es lógico que esto también suceda in vivo". Para demostrarlo del todo, no obstante, habría que secuenciar el gen que codifica a Juno en las mujeres infértiles para ver si es defectuoso, añade el investigador británico.

A pesar de enmarcarse en la ciencia básica, el hallazgo de Wright y sus colaboradores podría tener en el futuro importantes implicaciones clínicas. Así, señala el investigador, se ahorraría en tratamientos de infertilidad que en la actualidad no hay garantía de que funcionen. "Los ovocitos que no tienen a Juno en la superficie no pueden ser fertilizados por fecundación in vitro (FIV), pero sí utilizando ICSI [una forma más avanzada de FIV en la que se selecciona solo un espermatozoide]; con un simple test genético, se podría ahorrar a las mujeres gastos y dificultades a la hora de concebir", apunta.

Pero ayudar a la fertilidad no sería el único uso de este nuevo descubrimiento, que podría jugar un papel esencial en la anticoncepción. "Izumol1 ya ha demostrado ser un candidato ideal para el desarrollo de una vacuna anticonceptiva, por lo que es probable que la interacción de ambas proteínas provean a la ciencia de dianas adicionales para evitar la concepción", explica el autor del editorial.

Wright, sin embargo, se muestra algo más cauto y apunta más al uso de este hipotético método anticonceptivo como forma de regular la reproducción animal. "Nuestro descubrimiento podría ser especialmente útil para controlar poblaciones animales como perros y gatos o fauna salvaje, de forma más ética que los métodos quirúrgicos invasivos que se utilizan en la actualidad", comenta el científico.

Su equipo, según adelanta a este diario, desearía "ver estos resultados en aplicaciones del mundo real", pero también trabaja en la búsqueda de "otras interacciones entre esperma y ovocitos. "De ninguna manera creemos que tenemos todas las claves de este fascinante proceso", concluye.

Los paguicidas toxicos amenazab al polen de las abejas

El número de abejas se está reduciendo notablemente debido al uso masivo de sustancias tóxicas, a la acción de determinados parásitos y a diferentes factores climáticos. Un nuevo análisis realizado a escala europea publicado por la organización conservacionista Greenpeace señala que dos terceras partes del polen -el 67%- recolectado por las abejas está contaminado por insecticidas (clorpirifos, tiacloprid), acaricidas, fungicidas (buscalida) y herbicidas comercializados por las compañías Bayern, Syngenta y Basf.

El informe, La pesada carga de las abejas, detalla que en las 132 muestras de polen recolectado por abejas melíferas (107 recogidas a partir de trampas de piquera y 25 del polen que se encuentra en los panales) se detectaron 53 sustancias químicas distintas. Además, cuenta que la interacción de estos productos químicos entre sí afecta gravemente a la supervivencia de este insecto polinizador.

«Sin duda el informe de Greenpeace demuestra que las evidencias están ahí y señala que no es solo un factor el que está afectando a las abejas, sino que varios factores provocan el declive de las abejas. Entre estos factores destaca el uso de los plaguicidas, algo que se puede regular desde la Comisión Europea», explica a EL MUNDO Juan Ferreirim, responsable de la campaña de agricultura de Greenpeace.

Sustancias que permanecen en el medio ambiente

Las investigaciones llevadas a cabo en España -sobre campos de cultivo de Castilla y León, Castilla La Mancha, Andalucía, Aragón y la Comunidad Valencia- sitúan al país como uno de los lugares más contaminados a partir de las muestras que los investigadores recogieron durante los meses de julio y agosto de 2013. Y, aunque «no todas las muestras contenían sustancias tóxicas », una de las que recogieron en un campo de cultivo de Córdoba contenía DDE. Esta sustancia resulta de la degradación del DDT, cuyo uso como pesticida en el sector agrícola se prohibió en 1977. «Lo que constata [esta muestra] es que el uso de este plaguicida se mantiene en el ambiente », señala. «Es una de las causas que queda de este modelo de agricultura intensivo », apunta Ferreirim.

Además, las muestras apuntan a que España encabeza la lista de los países europeos en utilizar imidacroplid, uno de los tres plaguicidas tóxicos (clotianidina, tiametoxam e imidacloprid) que pertenecen a la familia de los neocotinoides. Sobre este tipo de plaguicidas ya existe una legislación de la Comisión Europea que entró en vigor en julio de 2013. Desde entonces, la norma prohíbe utilizar durante dos años estos componentes tóxicos por los riesgos de salud que afectan a las abejas. Entre los efectos adversos está la desorientación del insecto que le impide volver a la colmena, malformaciones e incluso la muerte. Pero estas medidas no son suficientes para la organización conservacionista «estas prohibiciones son parciales», dice Ferreirim. «Existen excepciones a su uso: en invierno, en los invernaderos (donde el papel de los polinizadores es necesario para cultivos de tomates y fresas). Además, se llegan a utilizar en cultivos antes y después de las floraciones».

Por su parte, la compañía Bayern CropScience ha emitido un comunicado señalando que los datos científicos muestran que sus productos «no tienen un impacto negativo en el desarrollo de las colonias de abejas».

Una de las propuestas de Greenpeace es la prohibición completa del uso de estos pesticidas tóxicos sobre los cultivos y que sea, además, de manera definitiva porque «a corto plazo podemos actuar directamente sobre los plaguicidas que están afectando a los polinizadores », apostilla Ferrerim. Otra es promover una agricultura ecológica donde se respeten los ciclos naturales y no se utilicen transgénicos.

Un mundo sin abejas

Un mundo sin abejas acabaría con «nuestra seguridad alimentaria», explica el responsable la campaña de agricultura de Greenpeace. La mayor parte de los cultivos de Europa depende de los insectos polinizadores. Un mundo sin abejas provocaría el declive de la biodiversidad porque la mayor parte de las especies con flores (90%) dependen de la polinización. «Podríamos encontrar alguna alternativa como la polinización manual para determinados alimentos, pero no para todos los cultivos», argumenta el ecologista. «Nadie iría al campo a polinizar tomillo o romero», concluye.

Las señales quimicas que nos hacen humanos

Las nuevas técnicas de secuenciación de ADN antiguo están aportando algunos datos clave para comenzar a entender cómo evolucionaron las especies humanas hasta llegar a dar forma a la única especie viva en la actualidad: el ser humano moderno, 'Homo sapiens'. En los últimos años hallazgos como el genoma completo y con gran detalle del neandertal o la secuencia de otra de las especies hermanas, el denisovano, han dado luz a una época crucial para la evolución humana.

Pero los genes, el ADN, no lo es todo. La información contenida en nuestras células, en las de cualquier especie, requiere de una compleja maquinaria química que controla el funcionamiento de los genes y asd qué gen funciona y cuál no en cada momento. Es lo que se conoce como epigenética. De alguna forma se podría hacer la analogía con una obra literaria: las letras serían el código genético y los signos de puntuación serían la epligenética que permite que el texto sea legible y tenga sentido. Entre las señales que permiten a la epigenética desempeñar esta función se encuentran algunas modificaciones químicas, como la metilación del ADN, que controla cuándo y cómo son activados y desactivados los genes que controlan el desarrollo de nuestro organismo. Y esas son precisamente las alteraciones que han estudiado en el trabajo.

Un algoritmo matemático

Los investigadores llevan tiempo preguntándose si ahora que tenemos la genética, ¿podemos tener también la epigenética? "La respuesta hasta ahora era no", responde Mario Fernández Fraga, director del Laboratorio de Epigenética del Cáncer de la Universidad de Oviedo e investigador del CSIC. Pero eso ha cambiado. Una investigación liderada por investigadores de la Universidad Hebrea de Jerusalem y del Instituto Max Planck y en la que ha participado el equipo de Fernández Fraga acaba de reconstruir el epigenoma tanto del neandertal como del denisovano.

Los autores del trabajo, recién publicado en la revista 'Science', han diseñado un algoritmo matemático que permite reconstruir cómo se ha deteriorado el epigenoma de ambas especies con el tiempo, lo que ha permitido a los científicos 'dar marcha atrás' con las muestras de las que disponen en la actualidad hasta saber cómo sería ese epigenoma hace 70.000 años.

"La mejor prueba de que el nuevo método funciona es que las conclusiones son muy coherentes con lo que vemos cuando comparamos las especies antiguas con los humanos modernos", explica Fernández Fraga. "A pesar de que hay parte que es muy similar, es cierto que hay diferencias y están en los genes que regulan la formació de los huesos", asegura.

Según la discusión del trabajo científico, esto es consistente con una evolución diferenciada de las estructuras óseas de especies como el neadertal y el humano moderno. Otras afectan a genes relacionados con el sistema cardiovascular o el sistema nervioso, los cuales se han asociado con enfermedades como el Alzheimer o la esquizofrenia. Aunque se desconocen los factores que han dado lugar a esas diferencias, dado que los patrones epigenéticos están influidos tanto por las propias características genéticas como por las condiciones ambientales. "Pero no podemos saber si se deben a una condición inherente del ser humano moderno o se han desencadenado debido al modo de vida que llevamos", asegura Fernández Fraga. "Además, hay que tener en cuenta que ellos vivían muchos menos años que nosotros".

Un planeta casi gemelo de la Tierra que puede albergar agua y vida

En cuanto ha tenido a su disposición la tecnología necesaria para observar el cosmos más allá de nuestro Sistema Solar, el hombre ha demostrado lo que durante siglos intuyó: nuestra galaxia está inundada de planetas, muchos de ellos probablemente muy parecidos al nuestro.

En apenas 20 años se ha confirmado la existencia de unos 1.800 exoplanetas (objetos celestes fuera de nuestro Sistema Solar), de los que una veintena aproximadamente se encuentra en la denominada zona habitable. Quiere esto decir que orbitan su estrella a una distancia que teóricamente les permitiría albergar océanos, lagos o ríos con agua líquida en su interior, pues no están ni tan cerca ni tan lejos de su astro como para que fuesen mundos con temperaturas infernales o planetas helados, lo que les convertiría en inhabitables. Y si albergasen agua líquida, sostienen los astrofísicos, potencialmente podrían tener o haber tenido en el pasado algún tipo de vida.

La mayoría de esos mundos han sido detectados en los últimos cinco años, muchos de ellos gracias al telescopio espacial de la NASA Kepler, que fue lanzado en marzo de 2009. Se han encontrado planetas de tamaños muy diversos. La mayoría son más grandes que la Tierra, pues son más fáciles de detectar. Sin embargo, un equipo de astrofísicos de la NASA ha anunciado este jueves la detección de un planeta extrasolar con un tamaño muy parecido al de nuestra Tierra que han denominado Kepler-186f.

De todos los que se han encontrado hasta ahora, aseguran en su estudio publicado en la revista Science, es el que tiene un tamaño más parecido al nuestro. El nuevo objeto es lo suficientemente especial como para que la NASA haya convocado una rueda de prensa este jueves para explicar este gran hallazgo.

Creen que se trata de un planeta rocoso, como el nuestro, además se encuentra en la zona habitable de su estrella, dejando abierta la posibilidad de que albergue agua líquida y, por tanto, alguna forma de vida. «Los modelos teóricos sobre la formación de planetas sugieren que es improbable que aquellos con un radio inferior a 1,5 veces el de la Tierra estén envueltos en densas atmósferas de hidrógeno y helio, que es lo que les ocurre a los gigantes gaseosos de nuestro Sistema Solar [como Júpiter y Saturno].

Consecuentemente, Kepler-186f es probablemente un mundo rocoso, en un sentido similar a Venus, la Tierra o Marte», compara Thomas Barclay, científico de la misión Kepler y del Instituto de Investigación Medioambiental Bay Arena. El radio del nuevo planeta es de 1,1 y su año dura 130 días.

Una estrella mucho más fría y pequeña que el Sol

Pero no todo son semejanzas. Kepler-186f orbita una estrella enana roja, Kepler-186, que es muy diferente a nuestro sol. Es mucho más fría y pequeña. Según explica la investigadora de la NASA Elisa Quintana, autora principal del estudio, se trata de un tipo de astro muy común: «Más del 70% de los cientos de miles de millones de estrellas de nuestra galaxia son enanas de tipo M», afirma la investigadora.

El sistema planetario de esta enana roja, situado a una distancia de 490 años luz de la Tierra, está conformado por al menos cinco planetas. Kepler-186f es el último descubierto y también el que se encuentra más alejado del astro.

Los planetas fuera de nuestro Sistema Solar están demasiado lejos como para que puedan detectarse de forma directa. Los astrofísicos los localizan mediante una técnica indirecta que consiste en observar los llamados tránsitos. Cuando un objeto pasa delante de una estrella produce una especie de eclipse que bloquea y disminuye el brillo que ésta emite. Y a partir de estas observaciones son capaces de estimar la dimensión de la órbita y la masa de los planetas. Para confirmar los resultados, combinan diversos telescopios. Así para caracterizar el planeta Kepler-186f, se han usado los observatorios Keck y Gemini.

Elisa Quintana cree que la luz de la estrella Kepler-186 es demasiado tenue como para que puedan llegar a detallar en el futuro la composición de la atmósfera de este planeta parecido a la Tierra, ni siquiera con la futura generación de telescopios, como el James Webb, que será lanzado en 2018. Sin embargo, confía en encontrar sistemas planetarios con estrellas más brillantes que permitan analizar la composición de las atmósferas de otros planetas gemelos a la Tierra.

La extraña vida nocturna de los animales

Los flamencos duermen en el agua y sobre una pata, con un ojo abierto por si las moscas. Los delfines dejan medio cerebro despierto para saber cuándo tienen que subir a la superficie a buscar el aire. Las jirafas se despiertan cada dos horas y otean el horizonte por si acechan los depredadores. Los murciélagos descansan colgados boca abajo durante 20 largas horas: son los grandes dormilones del reino animal.

Los leones se pasan el día sesteando como los gatos, haciendo tiempo entre presa y presa. A los chimpancés les basta con seis u ocho horas diarias, como nosotros. Y los gorilas se distinguen finalmente porque tienen una necesidad imperiosa de preparar la cama antes de tumbarse a dormir con sus crías.

El documental de la BBC Animals at night: sleepover at the zoo ha explorado como nunca antes los hábitos nocturnos de unas cincuenta especies. La mayoría de las imágenes se han obtenido en cautiverio, con la ayuda de 32 cámaras de visión nocturna y 20 sensores de infrarrojos instalados en el zoológico de Bristol, que ha colaborado en el mayor experimento realizado hasta la fecha en el mundo animal (en el que también han participado con resultados sorprendentes los pulpos y las sepias).

«Hasta ahora se pensaba que los humanos necesitaban dormir más que otros animales porque somos especies más evolucionadas», asegura la naturalista Liz Bonnin. «Pero está cada vez más claro que el mayor determinante de las pautas del sueño es el medio natural. Una jirafa no necesita despertarse cada dos horas por razones cognitivas, sino por pura supervivencia. Necesita asegurarse de que no hay depredadores que pueden cazarla mientras duerme».

Aún en cautiverio, lejos de la amenaza permanente de la sabana, tanto las jirafas como los elefantes duermen rara vez más de tres horas seguidas. En contraste, los leones se pasan todo el día echando cabezaditas, sea de día o de noche. Los koalas, en cualquier caso, figuran entre los más remolones, con 14 horas diarias, superando con creces las nueve o diez que necesitan los osos perezosos.

«Una de las observaciones más curiosas en el zoo de Bristol ha sido quizás la de los gorilas», apunta Bryson Voirin, especialista en el sueño de los animales. «Noche tras noche, asistimos al ritual de la preparación de la cama por parte de mamá gorila, que puede estar diez minutos asegurándose de que la superficie es suficientemente cómoda para que ella y su cría puedan descansar plácidamente durante ocho horas».

Dormir con un solo ojo cerrado

Otro de los fascinantes ejemplos de adaptación del sueño al instinto de supervivencia es el de los suricatos. La manada suele hacer piña en torno a la matriarca, que se beneficia no sólo del calor en las frías noches del desierto del Kalahari, también de la alerta permanente de sus guardianes, que duermen con las orejas bien abiertas y receptivas a cualquier sonido más potente que el viento.

Liz Bonnin expresa también su sorpresa ante el estudio del sueño en los delfines, capaces de dormir la mayor parte del tiempo con un solo ojo cerrado y con medio cerebro, mientras que la otra mitad se mantiene alerta para subir a respirar a la superficie. «Las imágenes que hemos conseguido en el zoo de Bristol demuestran sin embargo que los delfines llegan dormir en períodos cortos con todo el cerebro», asegura Bonnin.

«En más de una ocasión hemos podido comprobar cómo descienden con todo su cuerpo al fondo de la piscina, y sólo reaccionan cuando tocan el fondo y se reactiva la mitad despierta». Patrick Miller, de la Universidad de St Andrews, ha logrado filmar por su parte a un grupo de cachalotes descansando en la superficie del mar y permaneciendo prácticamente inmutables hasta ser despertados por una motora, lo que demuestra la capacidad de algunas ballenas de alcanzar el sueño profundo e incluso soñar.

Otra especie estudiada de cerca es la del tiburón mielga, capaz de dormir en plena actividad natatoria, impulsado por su médula espinal y mientras el cerebro descansa, necesitado como está de perpetuo movimiento para que el agua oxigenada pase por sus agallas.

Uno de los mitos rebatidos es el de los albatros durmiendo en pleno vuelo. Según el doctor Niles Rattenborg, del Instituto de Ornitología Max Planck, el hecho de que algunas aves puedan volar «sin esfuerzo mecánico» no implica que lo hagan en pleno sueño, sino que se trata más bien de una técnica de vuelo. «Algunas especies han evolucionado para poder volar grandes distancias sin descanso y sin sueño», advierte. «En el caso de los albatros hemos hecho varios seguimientos que demuestran cómo paran habitualmente de noche y duermen flotando en el agua».

Dormir de pie, con una pata y un ojo abierto es algo habitual en las aves zancudas. Los caballos, por cierto, duermen el 98% del tiempo a cuatro patas, lo cual impide que alcancen un sueño profundo, al igual que sus parientes las cebras. Las ratas, aunque sean más activas de noche, tienen curiosamente unas pautas parecidas a las de los humanos, por eso son las cobayas perfectas en estudios sobre los trastornos del sueño.

Los perros llegan a ladrar en pleno sueño y los gatos deambulan sonámbulos, como queda demostrado a través de varios vídeos caseros sobre los animales domésticos. Uno de los hábitos más extraños de sueño ha sido el detectado en algunas especies de papiones, que duermen en una extraña postura, sentados y apoyándose en los talones, para evitar el sueño profundo.